Sobre el Hombre Topo

SOBRE EL HOMBRE TOPO:

Somos un grupo de producción literario e intelectual definido por su obsesión por la crítica cultural, la escritura, el cine, la filosofía y la traducción. Esperamos difundir ideas, textos, traducciones, fragmentos inteligentes de una luz no tan lejana.
Escriben en esta revista: Franco Bordino, Matías Rano, Gustavo Roumec, Tiépolo Fierro Leyton, Juan M. Dardón, Tomás Manuel Fábrega y Xabier Usabiaga.

domingo, 10 de noviembre de 2013

El gen argentino de la autoconciencia



El gen argentino de la autoconciencia

Nunca entenderé el culto al mate, su elevación poetizante a rito trascendental, toda esa cháchara del trasfondo humano y filosófico de tomar mate. El mate es algo tan cotidiano y tan simple que es imposible considerarlo un rito, algo que se haga con adoración y atención especial. Los centroamericanos bailan, los bolivianos mascan coca y los argentinos y los uruguayos toman mate; fin de la cuestión, es tan simple como eso. Tomar mate es un asunto tan simple y tan mecánico como el ciclo migratorio de las gaviotas o la cogedera constante de los conejos, nada más. Es mentira que nos hacemos amigos porque tomamos mate, o que con el mate aprendemos el valor de compartir. El mate es algo tan instintivo y tan cercano para nosotros que uno puede tomar mate mientras hace cualquier cosa, mientras charla con gente, mientras está solo estudiando, mientras trabaja, hasta sé de gente que se lleva el mate al baño. Porque nos resulta tan familiar, tomar mate no requiere de uno el más mínimo de atención ni la más mínima modificación de su conducta. Los garcas y mezquinos también toman mate (hay que decirlo de una vez, porque este detalle siempre se pasa por alto cuando se hace el encomio filosófico del mate), hay gente que toma sola y no convida o que por cada mate que da a los otros se toma ella tres (yo soy de esta última clase). Repito: el mate no tiene ningún valor ni ningún significado espiritual por detrás y en sí mismo. Tomamos mate como vamos al baño, como dormimos, o como hacemos cualquier otra función orgánica a lo largo del día, la mayoría de las veces
sin enterarnos de que lo hacemos y sin prestarle atención. Un uruguayo puede tomar mate con el lóbulo parietal del cerebro dañado, el que controla las acciones voluntarias, pero si sufre una lesión o una inhibición farmacológicamente inducida en los ganglios basales (parte del cerebro que controla los reflejos y las habilidades motrices generales) el rendimiento matero del uruguayo se reduce a la mitad, lavándosele el mate apenas a la mitad de un termo (el uruguayo promedio es capaz de cebar hasta dos termos sin que se le lave la yerba). Todo esto está científicamente estudiado por neurólogos y etólogos de la banda oriental, pero nosotros preferiremos siempre las especulaciones poéticas.

No hay dudas de que si algún día viniera un antropólogo de otras landas a las nuestras, y se topara con esta extraña práctica —el mate—, probablemente esta explicación biológica no lo satisfaría, buscaría otra explicación, una que encontrara en la conducta del tomar mate un caso particular de un modelo más fundamental y general de intercambio, deduciría toda una práctica económica de la circulación de los mates, seguramente un modelo de vida y de sociabilidad primitivas opuesto a y superador del capitalismo y del modelo de sociabilidad de occidente. Sin embargo, nosotros no necesitamos a ningún franchute que venga para decirnos el significado de lo que hacemos. Nosotros sabemos ser bien franceses por nuestra propia cuenta y sin la ayuda de nadie, nosotros sabemos ver con ojos de extranjero nuestras propias costumbres y explicarlas artificiosamente desde la más absoluta extrañación y desconocimiento (¡¡nosotros!! los mismo que practicamos esas costumbres. Obsérvese cuanta habilidad innata para la imaginación sociológica. La nuestra es una tierra de antropólogos.).

Borges decía que el gaucho no ve la pampa ni mucho menos su belleza, porque la habita. Heidegger, de una manera un poco más esdrújula, dice lo mismo de la relación cotidiana del hombre con el ser: en su existencia cotidiana el hombre no ve el ser, porque lo tiene demasiado cerca y su inmersión en él le impide verlo. Así es también como existen los animales, extasiados en su medio ambiente y sin poder representárselo. Siguiendo este razonamiento, el argentino sería el ser más pensante y más evolucionado en la escala de los vivientes. El argentino lo ve y lo comprende todo: ve el mate, ve el dulce de leche, ve el tango y ese qué se yo de postal que tienen las callecitas de Buenos Aires, ve la argentinidad, lo ve al Diego, al Che y a Favaloro y al gen argentino palpitando en ellos, ve la historia y todas sus gestas que son siempre una sola, todas pertinentes para comprender su presente, porque no hay ninguna esencia que se le escape. El argentino hasta ha designado en el calendario un día especial para pensar y reflexionar sobre estas cosas (hoy, 10 de noviembre, es uno de esos días).

En este día de la tradición, para hacer honor a la misma, yo propondría prestar más atención al espíritu del gaucho que a sus atributos y accesorios, el mate y el chiripá. Les propongo involucionar un ratito hasta su ceguera animal y su existencia simple. Creo que es una tarea pendiente para el futuro: ser un poco más argentinos y menos una agencia de turismo de nosotros mismos. Feliz día de la tradición para todos.


Franco Bordino

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