Sobre el Hombre Topo

SOBRE EL HOMBRE TOPO:

Somos un grupo de producción literario e intelectual definido por su obsesión por la crítica cultural, la escritura, el cine, la filosofía y la traducción. Esperamos difundir ideas, textos, traducciones, fragmentos inteligentes de una luz no tan lejana.
Escriben en esta revista: Franco Bordino, Matías Rano, Gustavo Roumec, Tiépolo Fierro Leyton, Juan M. Dardón, Tomás Manuel Fábrega y Xabier Usabiaga.

lunes, 30 de junio de 2014

Una hembra - Franco Bordino


Una hembra

La hembra de los suburbios bajaba
al centro en carros infernales,
siempre
el pelo de raíces recogido
oscuras y vibrantes.
Portaba un trueno entre las piernas
y en
dulce blanco de estrella
sus ojos embarraba.
Siempre que ella venía:
“quiero un poquito de eso
que vos tenés, que vos me das...”, gemía,
“tengo con qué pagar:
te enseñaré el deseo en la tierra de mis uñas;
de aquí, una cuchara clara de muerte
puedo darte a probar”.
Luego entraba en un baño,
y ya no volvía a ponerse pantalones.
Y llamaba a sus chicos
silbando el códice de las montañas...
Lavandera italiana de posguerra,
muñeca fina en mudanzas manchada
o china de los campos, puta eterna:
“quiero un poquito de eso
que vos me hacés, que vos tenés, que vos
siempre me das, ¡ay! quiero
ver crecer a los difuntos en agua,
codornices en magma viva; verte
hirviendo las entrañas de un negro polizón.”
Y en sus pestañas grumosas y líquidas, siempre,
los hombres se envaraban,
sentían su anhelo amanecer:
“No serviré a otra mujer, a ninguna. –decían–
Aquí esta nave crepita y encalla.
Por una hembra suburbial, yo entrego

al mar todas mis flotas.”


Franco Bordino

sábado, 14 de junio de 2014

El monje de la camisa color uva - 4ta entrega



El monje de la camisa color uva. Notas del cuaderno de Mateo


No sé si en todas, pero en la funeraria de los Molina se tenía por costumbre poner un “hermoso cuaderno abierto”, no en la mesa de entrada -porque eso hubiese implicado una obligación- sino en un ala del lugar, el ala derecho; un pequeño sucucho de techo bajo; similar a un oratorio para pedir a una virgen; un lugar silencioso y amargo, pero también de tarjeta; un lugar en el que tranquilamente podría descansar una tarjeta de Jorge. Porque también hay tarjetas suyas que no hablan del amor, ¿de qué hablan entonces? ¿Hablan de la muerte?
Estando vacía el ala derecha y sin vigilancia entró mi hermano, no necesitó trepar a una silla (de hecho no había ninguna) pero sí ponerse en puntitas de pie para leer las dedicatorias del cuaderno.
“A mi vieja maestra y amiga” y “Hasta pronto estrellita mía” son las dedicatorias que mi hermano recuerda textualmente porque calaron hondo, pero también le tocaron el corazón otras anotaciones, de otros ex alumnos de la maestra que estaba siendo velada; por ejemplo la anotación de un hombre que recordaba cuando la mujer lo había invitado a tomar el té por el día su comunión; o la de otro que recordaba haberle regalado el libro Pan de Knut Hamsun.
Uno de los ex alumnos entró, era un hombre canoso, abrigado con una campera de cuero marrón, Jorge se tiró al suelo y se escondió debajo de la mesa; recuerda que por la calle pasaba el botellero con su altavoz, y también recuerda con claridad que el ex alumno miró al frente, suspiró, y después escribió en el cuaderno la dedicatoria que decía “hasta pronto estrellita mía”, de ahí tal vez la tendencia de mi hermano a plagarlo todo de estrellas.

M.R.

El monje de la camisa color uva - 3era entrega



El monje de la camisa color uva - las notas del cuaderno de Mateo

Estoy sentado y pensando en pedir a mi hermano Jorge uno de sus libros, ya que todos predican buenas dietas. Una dieta que sea a base de verduras, garbanzos, papas, zanahorias es lo que necesito.
Me acuerdo que mi hermano apartaba, después de cortarlas cuidadosamente con una tijera, todas las páginas que hablasen de nutrición. Me preguntó mamá en la imaginación: adónde habrá ido a parar "esa" carpeta con recetas. ¡Cuánto color! ¡Qué variedad de texturas en esas páginas! Incluso había zanahorias, papas y puerros en relieve, y no recuerdo, pero creo que no faltó el puñado de lentejas troqueladas.
En fin, me acuerdo cuando una noche mientras me dormía, mi hermano me habló acerca de sus planes de hacer una jardinera, “las de lata no eran buenas”. Él se imaginaba que una casera, caliente, echando vapor, sería fabulosa, ¿pero en qué punto tendrían que estar las papas para no deshacerse? La zanahoria era fácil, había que cortarla en cuadraditos; cada cocción se haría individualmente, por un lado las papas, por otro las zanahorias, las arvejas también serían hervidas; incluso podrían agregársele lentejas. Después unir todo en una lata grande.
Mi hermano estaba cambiando por esos días. Es poco poético, pero su cambio hacia "la magia" empezó con una dieta digna de Selecciones.
La mañana siguiente a la noche en que me dormí escuchando la receta relatada por mi hermano, la comida me entró por la nariz, era la mañana y mi hermano colaba hortalizas, metía el contenido en una lata grande, lo envolvía en una servilleta. Esa mañana fría, de feriado, se fue de casa durante todo el día. Rumores dicen que lo vieron imitando a un linyera, sentado en un escalón del museo de ciencias naturales. Un museo pequeño que no guarda otra cosa que insectos fosilizados.
Imagino la lata, la servilleta en el suelo o sobre la falda de Jorge, y el humo nada denso, surgiendo de la lata. Hermano, te amo.
En plena noche retomo el cuaderno; lo dejé a mi hermano sentado en el pilarcito de lajas que rodea el museo de ciencias naturales, y no sé si tendrá o no alguna relación, pero dentro del museo es posible que hubiese alguna enorme cucaracha fosilizada.
Hace un frío atroz y me pregunto qué será de mi hermano y de Nadia y de Lucas. Me siento un poco como Jorge, cuando se fue de casa para ayudar a su novia a ordenar el cuarto y nos dejó a nosotros. Yo siento que los estoy dejando y siento que dejé a Jorge en el museo, con la comida enfriándose, y también siento que siempre lo dejé solo.

M.R.

El monje de la camisa color uva - 2da entrega



El monje de la camisa color uva - las notas del cuaderno de Mateo

Venimos de una familia italovascofrancoaborigenetc, con bisabuelos que vivieron la segunda guerra mundial, entre Milán y el sur, ¿corre sangre azul por mis venas? Me las miro y lo escribo, vuelvo a tratar la cascarita. Mi bisabuelo inmigrante recibió un premio por una cuestión industrial. Ese bisabuelo sacaba a mamá, a nuestra mamá, a la terraza del caserón familiar. Esa terraza, en la actualidad no es pisada por nadie, en la actualidad, en ese caserón funciona una fábrica de bencina. Nadia heredó de mamá la condición de “niña que lo tuvo todo y ahora anda buscando una pensión para compartir.”
El abuelo sacaba a mamá a la terraza, mientras en el interior se brindaba multitudinariamente, y le señalaba el Año Viejo que se iba. Y el truco funcionaba porque cuando mamá le preguntaba por el nuevo, el abuelo le decía, sin el menor titubeo, que era imposible verlo. “Imposible ver el Año que empieza, el Año que hoy es nuevo, vas a verlo recién el año que viene.”
La generación que siguió a mi bisabuelo se perdió, la empresa cayó, agonizó y por supuesto murió en manos inútiles. Uno de esos “inútiles” era mi abuelo Don Raúl, el que anda con las manos atrás, siempre unidas, el mismo que un día entró a casa de mi hermano Jorge sin pedir permiso. Para mi abuelo el mundo era el interior de un supermercado, un domingo a la tarde. Así fue que una vez entró a casa de Jorge y Verónica. Verónica, cubierta por una toalla, se sobresaltó; Jorge, sentado en un rincón oscuro quedó silencioso; Verónica se vistió y volvió para ver al abuelo mirando la foto que estaba sobre el televisor, un televisor que por poco no es a fuelle. (Así es, la última vez que visité a mí hermano su televisor me provocó algo, no sé bien qué). Y ahí estaba plantado mi abuelo, terminando la eterna reunión de sus manos, para agarrar, con índice y pulgar, la fotito de arriba del televisor.
Jorge había contado a Verónica que una vez, bajo la falsa parra, mi abuelo le había vaticinado una guerra de hombres contra seres de otros planetas, la guerra de los mundos. Sí, mi abuelo, el perseguido por espías nazis; ese que iba a crear el coche que funcionara sin combustible, arruinando para siempre el negocio del petróleo pero salvando al mundo, había vaticinado la guerra de los mundos en la luna. “Si un solo extraterrestre impactara contra la tierra -había dicho mi abuelo al pequeño Jorge- la vida humana se acabaría.”
Verónica, con una especie de sed de venganza, con ganas de resarcir al niño engañado y asustado, preguntó si aquél viejito, que dejaba sus marcas dactilares en la foto, era acaso el mismo “delirante” del cuento “estúpido” de la guerra de los mundos. Mi hermano se puso de pie y salió al patio.
Algunos dicen que mi hermano fumaba en esos días, una cosa circunstancial. Miraba al cielo, cuando atrás de él fue Verónica. Y los siguió, sin conciencia de donde estaba, mi abuelo.
Cuenta Verónica que abrazó a Jorge, y que este temblaba sin animarse a mirar la luna.

M.R

Biografía del monje de la camisa color uva - 1era entrega



Biografía del monje de la camisa color uva (las notas del cuaderno de Mateo)

No hace mucho, Nacha me pidió que no le mandase más mails en la noche.
Voy a hablar de un posible rasgo esquizoide en mi hermana; rasgo que desde que Jorge cumplió los 17 llovió sobre todos nosotros. Creo que todo empezó un día de febrero (febrero es un mes violento, tiene que ver con lo escolar; hay muchas amenazas de suicidios) viajábamos en colectivo (un 15 de febrero para ser precisos, sin llegar a precisión de relojero) cuando un muchachito gordo, de uniforme verde (colegio alemán) dijo a su madre:
"Mamá, me llevé ocho (materias) pero si me decís algo me suicido." Entonces mi hermano que iba sentado al lado mío se puso a vibrar.
Era algo que siempre le pasaba en los trenes, nunca en los colectivos. Se levantó, se acercó al chico y dijo algo acerca del suicidio, o de la muerte. No sé qué dijo, pero era una frase de sueño en la que no son importantes las palabras. La cosa es que sospecho que el gordito rindió las ocho materias. Estoy seguro q de que no dejó previas. Jorge hablaba como predicador, como testigo de Jehová, simpatizaba con ese movimiento. Pero dejemos eso de lado por el momento.
La locura llovía en casa por esos días. Por esa época apareció la frase de Jorge: Dios crea el mundo cada día. Era raro, extraño y ¿porque no? Duro levantarse cada día.
Quiero recordar lo que sucedió hace unos días y después volver atrás unos años. Hace algunos días -ya meses- Nacha me pidió "encarecidamente" que no le enviase más correos electrónicos durante la madrugada. A las once ella apaga su computadora (De escritorio) (A pesar de su vestimenta y de que para taxis a la perfección, no usa notebook). Una vez que apaga la computadora se acuesta a leer apuntes de su carrera; libros, novelas. Siempre los mismo libros: La Iliada, La Odisea, La Eneida, una y otra vez esos tres libros, también algunas tragedias griegas.
Una vez que se acuesta, los mails que uno le envía (dice ella) no le llegan a la maquina sino al cuerpo. Dijo: "Si me mandás mails (de madrugada) se me pegan como pequeñas calcos. Etiquetas, figuritas, a la piel de la espalda." Los míos se le pegan a la espalda, pero seguramente los de los novios, amantes, etc. se le pegan a los pechos.

viernes, 6 de junio de 2014

Amémonos siempre como los bárbaros que hemos sido (Tiépolo Fierro Leyton)




Amémonos siempre como los bárbaros que hemos sido


Los bárbaros de Asia.
Así nos vemos ante la mirada asqueada
de los volúmenes de Platón y Esquilo, ellos estáticos y frotando sus barrigas de papiro.
En frente de sus calvos ojos se agitan las piedras calcinadas de amor, y los toros
que entre nuestro pueblo alados vuelan,  en la Creta ajena expiran
                                                              su viscosa sangre que agoniza endureciéndose en el suelo.
Más nosotros nos empapamos de mirra,
ablandándonos entre la yerba humedecida.   

Estamos sobre una alfombra persa y
te me manifiestas como un mar color de bronce, por donde andariego pinto con mis cejas
las columnas sacras de Persépolis ,la ruina misma de Palas
                                                               y el triunfo de la barbarie.

Y te voy…
                … en chalupa o en galera,
entre las rocas secas y el marfil de tus mordiscos.

Vuela el halcón y el buitre,
por sobre las ruinas delgadísimas de la Apadana sus garras se clavan.
Su sombra se proyecta angustiosa,
vuela el viento y el fuego eterno aviva.

El ámbar asciende al cielo,
desde cada uña de tus pies hasta la
mirada hambrienta que te ancla
a estas tierras:
                    “…No hay marea más perfecta, ¿no hay danza acaso entre tus manos
                                                                                 y la velleza de mi blando vientre?...”
Ruge el Santur,
Como preludiando la batalla,
Como anunciando a las almas que se dispondrán a bailar con las nubes.

Y,  ¿para estos días aciagos que querrás…?
¿Será Pan o cítara?
¿O de pronto Jardín o tormenta?

Me aseguraré de contemplar y garabatear en mi boca
las flores anestesiadas esas, las de tu vestido
que ondeará quieto…
                                    …Cuando te detengas un instante,
                                       serena o por lo menos perdida a levantar tu rostro, como el pezón virgen
                                        que se yergue ante el chubasco ingenuo de babas y trozos
                                                                     perfumados de margarita.

¿Qué buscarás?
¿Qué escudriñarás entre las canas ladrilludas de estas nuestras montañas?
    
Por ahora tus prendas gravitan erráticas y en silencio, mezcladas de facturas de teléfono y con las apostólicas chanclas venidas de la ducha.
                                    Sobre las
                                    gotas confundidas, exhaustas y salinas que escurrieron
                                                                                  de algún rincón de tus dedos
                                                  el polvillo acumulado de las esquinas bibliófilas
                                                                       nos invitará a jugar, a ser partícipes
                                                                     de la diáspora  alegre que le remeda
                                           a una flor de diente de león, o mejor aún a la arena
arremolinada y enfurecida que hace siglos en la Bactriana golpeaba a las soberbias huestes              alejandrinas.

Porque de aquellos libros de rosas y aves y nieve y jazmín, ninguno sobrevivió ante la ira
sofista de esos que odiaron a los hijos de Kurash II el grande.

Por eso miro de nuevo hacia las páginas inmóviles de la Hélade, numerosas
en la biblioteca, en medio del Hamlet y alguna correría del César.
Y miro las chanclas bañadas,
junto a la ropa esparcida como el sándalo.
 
Una sencilla gota que descansa como un puente,
entrelaza la curva de tus nalgas
y el pasado místico de oriente.
He ahí el mar, he ahí el panóptico de tu alma
que crepita, mientras yo por  detrás
Te digo quedamente:
“… Amémonos siempre como los bárbaros que hemos sido…”