Sobre el Hombre Topo

SOBRE EL HOMBRE TOPO:

Somos un grupo de producción literario e intelectual definido por su obsesión por la crítica cultural, la escritura, el cine, la filosofía y la traducción. Esperamos difundir ideas, textos, traducciones, fragmentos inteligentes de una luz no tan lejana.
Escriben en esta revista: Franco Bordino, Matías Rano, Gustavo Roumec, Tiépolo Fierro Leyton, Juan M. Dardón, Tomás Manuel Fábrega y Xabier Usabiaga.

viernes, 17 de abril de 2015

Eugène Boudin, “El Puerto de Trouville”

Eugène Boudin, “El Puerto de Trouville”
                                                                                             
“...Deseo, para escribir castamente mis églogas,
Dormir cerca del cielo…”
(Baudelaire, “Paisaje”)


Una obra de 1884, un óleo sobre lienzo que nos ofrece la vista idílica de algún pueblecito costero en el norte de Francia. Este es Trouville, un lugar que el artista visitó con cierta frecuencia y que para aquella época rondaba los 6.300 habitantes, siendo un popular destino turístico, principalmente por su clima agradable en verano. Eugène Boudin fue uno de los muchos artistas que encarnó a este poblado en el lienzo, quizá él, fue quien mejor logró captar el aura de quietud y relajamiento que Trouville-sur-mer brindaba en la vida real a cada uno de sus visitantes. Es considerado uno de los pioneros del impresionismo, además de ejercer una notable influencia en Claude Monet. Ambos fueron grandes amigos en vida, siendo Boudin quien animó a Monet a que pintara más paisajes. De hecho, al observar el agua retratada en “El puerto de Trouville” no es difícil evocar una obra de Monet, quizá por la disposición de los colores y la paz irresoluble, versátil e incluso melancólica que estos pueden provocar.

La primera impresión que unos ojos ignaros como los míos alimentan en la mente, es el epígrafe de Baudelaire que se ha citado. En la pintura, sin embargo pareciera que se invierten los papeles. Es el cielo pues, quien se nos presenta deseoso de dormir sobre las edificaciones del puerto, como una suave niebla que añora cobijar y contar sus misterios a las diminutas gentes que transitan en la pintura. Trouville se muestra celestial. El azul y la carne (el puerto, con sus gentes y barcazas) parecen entrecruzarse, unidos y a la vez separados por el verde de una colina que alberga el resto del pueblo y por la delgada franja (igualmente verde), que resulta pequeña respecto a las proporciones de los otros colores, pero que traza un límite amistoso entre la playa y el agua. Este verde es el producto de la unión de cielo y tierra, reflejado en la transparencia del agua. Así pues, el verdadero puerto de Trouville-sur-mer yace apacible en el reflejo de sus aguas.

He aquí a Boudin “El rey de los cielos”, (como se referiría Camille Corot a él en una ocasión) aquel que pintó más de una vez este idílico paraje, fascinado por la cercanía con lo infinito: mar y el cielo, colores cálidos, imagen de una mañana o una tarde en el cenit de la canícula. Ante la fuerte luz de un sol que no se ve en la escena, lo que eminentemente resalta en todo el cuadro es una calma de otros tiempos, que con vana seguridad pareciera única e irrepetible. Tiépolo Fierro Leyton

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