Sobre el Hombre Topo

SOBRE EL HOMBRE TOPO:

Somos un grupo de producción literario e intelectual definido por su obsesión por la crítica cultural, la escritura, el cine, la filosofía y la traducción. Esperamos difundir ideas, textos, traducciones, fragmentos inteligentes de una luz no tan lejana.
Escriben en esta revista: Franco Bordino, Matías Rano, Gustavo Roumec, Tiépolo Fierro Leyton, Juan M. Dardón, Tomás Manuel Fábrega y Xabier Usabiaga.

lunes, 15 de agosto de 2016

Manuel Mujica Láinez: El rey Cacambo - Le royal Cacambo (1761)





Escrito y publicado originalmente en francés, hemos traducido este cuento que integró el célebre libro Misteriosa Buenos Aires (1950) de Manuel Mujica Láinez, y lo entregamos a los lectores por primera vez en castellano.


Hemos preferido conservar en su idioma original (francés) esta carta, enviada a Cándido por su servidor Cacambo. Ambos personajes, según refiere Volteare, estuvieron en Buenos Aires hacia el año 1756.

En Buenos-Ayres, 3 enero, 1761.

Mi señor Cándido:

Hace ya media hora que fatigo mi pluma sin encontrar la forma de comenzar mi carta. Estoy confundido por no haberle escrito antes. En verdad, la vida es muy agitada en Buenos-Ayres; transcurre rápidamente en esta pequeña ciudad donde no hay sin embargo nada para hacer. Esto le sorprenderá sin dudas. Yo mismo me sorprendí cuando las circunstancias me lo han demostrado. ¡Por desgracia, no me quedé con usted en Constantinopla, a cultivar sus legumbres! Allí tiene usted razón, allí se entiende bien que, de acuerdo con Monsieur Pangloss, el filósofo, usted decía que todo sucede para mejor en el mejor de los mundos; mientras que aquí...
Desde hace un año que os he dejado, una tarde desgraciada, para retornar al Río de la Palta, y desde hace ocho meses que habito Buenos Aires. El relato de mi existencia puede resumirse así: me he casado; he repudiado a mi mujer; he sido transformado de su servidor, en pretendiente al trono de los Incas. Veo alrededor suyo florecer sonrisas escépticas, cuando lea mi carta en voz alta bajo el cielo claro de Constantinopla. Que aquellos que dudan abran los ojos y presten las orejas.
Comencemos por mi mujer. Dos semanas después de mi arribo he conocido a una adorable mestiza de nombre Lolita: una pequeña mujer, fresca, arrebatadora, Monsieur Cándido, gentil, con dientes muy blancos y ojos muy negros. Se ganaba la vida con la pastelería, con tortitas más deliciosas que aquellas de las monjas capuchinas que las damas de la ciudad se disputaban. Caí enamorado. Luego de haber probado sus tortitas quise probar sus labios. La cortejé con éxito y me volví su marido.
Saliendo de la iglesia de Santo Domingo, ni bien terminó la ceremonia, podía considerarme afortunado. Nada me faltaba, sino su presencia, señor Cándido. Sin embargo, no estaba tan ciego para no reconocer una pequeña nube en un horizonte tan diáfano: la familia de Lolita era numerosa. Ella encontraba siempre tíos y primos. Le aclaro que no hablo exactamente de su familia, sino de su media familia, del lado indio, porque el lado español lo he ignorado siempre. Estos indios, como aquellos de la familia de mi madre, por cierto, son del Tucumán y de origen quichua. Todo el mal vino de allí.
Estalló la tarde misma de nuestro matrimonio. Cuando nos metíamos en la cama, evidentemente muy emocionados, y yo terminaba de desvestirme, de súbito Lolita propinó alaridos. Creo que estoy bien hecho, pero tales señales de admiración me parecieron excesivas. Sin embargo, era admiración de otro tipo. Señor, mi tono debe volverse confidencial. Sabrá excusarme. Poseo alrededor del ombligo un lunar muy negro, tan negro que aunque mi piel sea morena se lo ve claramente. Tiene la singular forma de un sol con sus rayos. Y está ubicado, perdóneme si insisto, en torno al ombligo, circunvalándolo. Ese lunar provocaba la crisis de Lolita. Ella quiso hablarme, pero piense que yo estaba ocupado en otros asuntos. Terminadas estas ocupaciones, me dormí con un sueño pesado, el último auténticamente plácido de mi existencia.
El día siguiente fui despertado por el contacto de una mano sobre mi vientre. No eran los dedos sutiles de mi pastelera, sino otros, rugosos y duros, me levanté de un salto. Al lado de nuestra cama, con Lolita ya vestida, se sostenía una vieja india, su abuela. Ella me tanteaba el vientre. Fui inmediatamente tomado por el pavor, imaginando que intentaba sobre mí alguna brujería, pero la vieja me tranquilizó de inmediato. Ella me colma de preguntas sobre mi familia tucumana y termina por decirme:
–Cacambo, sos el príncipe, el soberano, el liberador que nuestra raza espera desde que los castellanos malditos han cazado a nuestros reyes en nuestras capitales de oro. Llevas en el vientre la señal esperada. Mira ese sol, signo del dios del cual desciende la santa dinastía de Manco Capac. Advierte que está ubicado alrededor de tu ombligo y que en nuestro lenguaje ombligo se dice Cozco, Cuzco, que es también el nombre de nuestra ciudad imperial.
Habiendo hablado así, las dos cayeron de rodillas y se pusieron a adorarme como si yo fuera Nuestro Señor. He reído mucho por esto, las he invitado a beber una botella de vino español de Esquivias, y cada vez que ellas intentaban volver sobre el tema de mi piel real, desviaba la conversación haciendo el elogio del ombligo de Lolita.
Varios días pasaron, y habría olvidado el incidente si no fuese por el respeto solemne con el cual mi espesa miraba mi vientre todas las noches, lo que me irritaba un poco, encontrando este homenaje fuera de lugar. Una tarde ella estaba ocupada en azucarar las tortitas en el patio, yo en fumar y rascarme en nuestro cuarto. De repente, la puerta se abre y Lolita entra con cuatro indios. Aquel que parecía el jefe me ordena desvestirme. Me habría opuesto, adivinando lo que buscaban, pero Lolita insistió, y luego reconocí que los ojos matamoros de los quichuas me daban un poco de temor. Obedecí entonces y, como la vez anterior, mis visitantes se pusieron de rodillas. El jefe quizo besar mi sol, pero encontré la cortesía demasiado exagerada. Él avanzó, yo reculé, los otros tucumanos me rodearon, tomé una silla, Lolita se desmayó, empuñé la silla como un garrote, y un estruendo espantoso ocurrió. Nuestra casa se encuentra cerca del Cabildo; en dos minutos el Señor Alguacil Mayor estaba allí con su guardia. Nos llevaron a todos, y me libré con diez golpes de bastón.  
Regresé a lo de Lolita que no dejaba de llorar. Luego de algunos remilgos, la calma renació y con ella nuestro idilio. Sin embargo, mi mujer trabajaba a mis espaldas en extraños planes. Su abuela encendía en ella ambiciones fabulosas. Soñaba posiblemente con ser emperatriz del Perú, con su Cacambo por Inca. Entonces, fingiendo despreocupación, esperaba su hora. Un mes transcurrió así. Yo fumaba, ella preparaba sus pastas cocidas al horno, nos mimábamos. Una noche, ella introdujo de nuevo visitantes. No eran ya personas de color, sino blancos, y suntuosamente vestidos: dos caballeros. Uno de ellos llevaba una venda negra sobre el ojo izquierdo. Cuando hablaron, comprendí que eran italianos y deduje inmediatamente su condición de conspiradores.  ¡Por desgracia, Monsieur Cándido, no me que equivocaba! En ese momento añoré con toda mi alma de haber estado en Constantinopla para cuidar su jardín. El hombre de la venda me descarga un fuerte discurso bien construido, del cual cada parte terminaba con esta frase: «¿Quiere o no quiere ser el emperador del Ríos de la Plata? Eso no depende de su voluntad.» Me confiaron que disponían de mucho dinero y de amistades en la corte portuguesa.
Estábamos en medio del coloquio, en el cual mi intervención se manifestaba por medio de gruñidos, cuando Lolita, que no había abandonado el patio, apareció con ojos de loca. Fue seguida por el Señor Alguacil Mayor y sus desolladores. Evidentemente alguien, algún postulante de otra dinastía, los había prevenido. Mis italianos intercambiaron una sonrisa amarga. Esta vez se me interrogó largamente en la cárcel del Cabildo. Protesté tan vivamente que el Alguacil fue convencido de mi inocencia y recuperé la libertad con veinte golpes de bastón sobre la espalda.
En consecuencia, me volví desconfiado y llevaba día y noche, sobre la piel, una venda tejida de lana, una faja, alrededor de mi peligrosa cintura. El tiempo transcurrido no apagaba mis dudas. En la casa, Lolita quedaba junto del horno. Sin embargo, una dulce mañana soleada, cuando atravesaba la Gran Plaza, no lejos de la Catedral, me aproximé sin pensarlo al mercado que los indios instalan bajo las ruedas de las carretas gigantescas. Y he aquí que uno de los monstruos que habían venido a mi casa en embajada cuando quisieron besarme el ombligo, me reconoció. Me señaló ante sus compañeros con gritos de alegría. La nueva corte por el mercado, entre los vendedores de pociones y de cueros, y todo este mundo de rodillas, con la frente en el barro. Yo estaba desesperado y simulaba distracción. Mi angustia aumentó cuando vi avanzar hacia el centro de la plaza, con su escolta, al Señor Alguacil Mayor de Buenos-Ayres. Me hizo aplicar veinte golpes, allí, delante los mis admiradores estupefactos, sin que valga siquiera la pena conducirme al Cabildo.
Adivinara, mi señor, en qué estado de espíritu he vuelto hacia usted. En el patio Lolita me esperaba. Me hizo una reverencia profunda. A su lado estaba una enorme mujer, una india, probablemente de la tribu de los Patagones, envuelta en una inmensa manta roja. Desde que me vio, esta gran demonia se puso a sermonearme en su lengua bárbara, señalando alternativamente el cielo y mi vientre fatídico. No comprendí. No comprendía nada y por otra parte me reía de lo que ella podía decirme. Me puse furioso, lo que multiplicó mis fuerzas, y las eché en el acto a ella y a mi mujer, a patadas en el trasero. Fue así, Monsieur Cándido, cómo he perdido para siempre mi mujer, mi paciencia y mi trono. ¿Qué pensará Monsieur de Voltaire? A veces, durante las noches demasiado calurosas, me revuelvo sobre mi cama desierta, soñando en la paz maravillosa de nuestro pequeño jardín de Constantinopla. Retornaré allí en cuanto haya reunido bastante dinero para pagar mi viaje. Mientras tanto, hago tortitas y guardo los pesos.

Su muy humilde, muy obediente y muy fiel servidor Cacambo.

Traducción: Juan Dardón Castro

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LE ROYAL CACAMBO (1761)

Hemos preferido conservar en su idioma original esta carta, enviada a Candide por su servidor Cacambo. Ambos personajes, según refiere Volteare, estuvieron en Buenos Aires hacia el año 1756.

À Buenos-Ayres, le 3 Janvier 1761.

Mon maître Candide:

Voici une bonne demi-heure que je fatigue ma plume sans trouver la façon de commencer ma lettre. Je suis confus de ne vous avoir pas écrit plus tôt. En vérité la vie est très agitée à BuenosAyres; elle s'écoule rapidement dans cette petite ville où il n'y a pourtant rien à faire. Ça vous surprendra sans doute. J'ai été étonné moi même quand les circonstances me l'ont appris. Hélas! que ne suis-je resté à Constantinople avec vous, à cultiver vos légumes! Là vous avez raison, là on s'explique très bien que, d'accord avec Monsieur le philosophe Pangloss, vous disiez que tout est pour le mieux dans le meilleur des mondes; tandis qu'ici...
Depuis un an que je vous ai quitté, un soir de malheur, pour retourner au Rio de la Plata, et depuis huit mois que j'habite Buenos-Ayres, le récit de mon existence peut se résumer ainsi: je me suis uni en mariage; j'ai répudie ma femme; j'ai été transformé de votre valet fidèle en prétendant au trône des Incas. Je vois autour de vous fleurir les sourires sceptiques, quand vous lirez ma lettre à haute voix sous le ciel clair de Constantinople. Que ceux qui doutent ouvrent les yeux et prêtent l'oreille.
Commençons par ma femme. Deux semaines après mon arrivée, j'ai connu une adorable métisse du nom de Lolita: une petite femme fraîche, ravissante, Monsieur Candide, gentille, avec des dents très blanches et des yeus très noirs. Elle gagnait sa vie à faire de la pâtisserie, des tortitas plus délicieuses que celles des nonnes capucines, et que les dames de la ville se disputaient. J'en tombais amoureux. Après avoir goûté ses tortitas je voulus goûter à ses lèvres. Je lui fis ma cour avec succès et devins son mari.
En sortant de l'église de Santo Domingo, sitôt après la cérémonie, je pouvais me considérer heureux. Rien ne me manquait sinon votre présence, maître Candide. Toutefois, je n'étais pas assez aveugle pour ne pas reconnaître un petit nuage dans un horizon aussi diaphane: la famille de Lolita était nombreuse. Elle trouvait partout des oncles et des cousins. Je vous signale que je ne parle pas exactement de sa famille, mais de sa demi-famille, du côté indien, car le côté espagnol l'a toujours ignorée. Ces Indiens, comme ceux de la famille de ma mère d'ailleurs, sont du Tucuman et d'origine quichua. Tout le mal vint de là.
Il éclata le soir même de notre mariage. Comme nous nous mettions au lit, évidemment très émus, et que je finissais de me déshabiller, voilà que Lolita pousse de grands cris. Je crois que je suis bien fait mais telles marques d'admiration m'ont semblé excessives. Or l'admiration était d'une tout autre sorte. Maître, mon ton doit devenir confidentiel. Vous saurez l'excuser. Je possède autour du nombril un grain de beauté très noir, si noir que bien que ma peau soit assez brune on le voit distinctement. Il a la singulière forme d'un soleil rond avec des rayons. Et il est placé, pardonnezmoi si j'insiste, autour du nombril, le contournant. C'est ce grain de beauté que provoquait les cris de Lolita. Elle voulut m'en parler, mais vous pensez que j'étais occupé d'autres choses. Ces occupations finies, je m'endormis d'un sommeil lourd, le dernier authentiquement placide de mon existence.
Le lendemain je fus éveillé par le contact d'une main sur mon ventre. Ce n'étaient pas les doigts subtils de ma pâtissière, mais d'autres, rugueux et durs. Je me levai d'un bond. A côte de notre lit, avec Lolita tout habillée, se tenait una vielle indienne, sa grand-mère. Elle me tâtait le ventre. Je fus immédiatement saisi de frayeur, imaginant qu'elle essayait sur moi quelque sorcellerie, mais la vieille me rassura bientôt. Elle me posa des questions sur ma famille tucumane et finit par me dire:
–Cacambo, tu es le prince, le souverain, le libérateur, que notre race attend depuis que les castillans maudits ont chassé nos rois de leurs capitales d'or. Tu portes sur ton ventre la marque espérée. Vois ce soleil, signe du dieu dont descend la sacrée dynastie de Manco Capac. Remarque qu'il est placé autour de ton nombril et qu'en notre langue nombril se dit Cozco, Cuzco, qui est aussi le nom de notre ville impériale.
Ayant ainsi parlé, toutes deux tombèrent à genoux et se mirent à m'adorer comme si j'étais Nôtre-Seigneur. J'en ai fort ri, les ai invitées à boire une bouteille de vin espagnol d'Esquivias et, chaque fois qu'elles essayaient de revenir sur le sujet de ma peau royale, je détournais la conversation en faisant l'éloge du nombril de Lolita.
Plusieurs jours se passèrent, et j'aurais oublié l'incident ne fut-ce le respect solennel avec lequel ma femme regardait mon ventre tous les soirs, ce qui m'agaçait un peu, trouvant cet hommage déplacé. Une après-midi, elle était occupée à sucrer des tortitas dans le patio, moi à fumer et à me gratter dans notre chambre. Soudain la porte s'ouvre et Lolita entre avec quatre Indiens. Celui que semblait leur chef me demanda de me déshabiller. Je m'y serais opposé, devinant ce qu'il cherchait, mais Lolita insista, et puis j'avoue que les yeux de matamores des quichuas me faisaient un peu peur. J'obéis donc et, comme la fois antérieure, mes visiteurs se mirent à genoux. Le chef voulut baiser mon soleil, mais je trouvai la courtoisie trop poussée. Il s'avança, je reculai, les autres Tucumans m'entourèrent, je pris une chaise, Lolita s'évanouit, j'empoignai la chaise comme une massue, et un affreux vacarme en résulta. Notre maison se trouve près du Cabildo; en deux minutes Monseigneur l'Alguacil Mayor était là avec sa garde. On nous emmena tous, et j'en fus quitte avec dix coups de bâton.
Je rentrai chez nous avec Lolita qui ne cessait de pleurer. Après quelques minauderies, le calme renaquit et avec lui notre idylle. Cependant, ma femme travaillait à mon insu à des plans étranges. Sa grand-mère allumait en elle des ambitions fabuleuses. Elle rêvait probablement d'être impératrice du Pérou, avec son Cacambo pour Inca. Donc, tout en feignant l'insouciance, elle attendait son heure. Un mois s'écoula ainsi. Je fumais, elle préparait ses pâtes cuites au four, nous nous cajolions. Un soir, elle introduisit de nouveau des visiteurs. Ce n'était plus des gens de couleur, mais des blancs, des blancs magnifiquement blancs, et somptueusement vêtus: deux caballeros. L'un d'eux portait un bandeau noir sur l'oeil gauche. Quand ils parlèrent, je compris qu'ils étaient Italiens et déduisis immédiatement leur condition de conspirateurs. Hélas, Monsieur Candide, je ne me trompais point! A ce moment-là j'ai regretté de toute mon âme de n'être pas resté à Constantinople à soigner votre jardin. L'homme au bandeau me débita un discours fort bien construit, dont chaque partie finissait par cette phrase: «Voulez-vous ou ne voulez-vous pas être l'empereur du Rio de la Plata? Ça ne dépend que de votre volonté.» Ils me confièrent qu'ils disposaient de beaucoup d'argent et qu'ils avaient des amitiés à la Cour portugaise.
Nous en étions là de ce colloque, dans lequel mon intervention se manifestait par des grognements, lorsque Lolita, qui n'avait pas abandonné le patio, apparut avec des yeux de folle. Elle était suivie par Monseigneur l'Alguacil Mayor et ses écorcheurs. Evidemment quelqu'un, quelque postulant d'une autre dynastie, les avait prévenus. Mes Italiens échangèrent un sourire amer. Cette fois on m'interrogea longuement à la cárcel du Cabildo. Je protestai si vivement que l'Alguacil fut convaincu de mon innocence et me rendit la liberté avec vingt coups de bâton sur le dos.
Dès lors je devins méfiant et portai jour et nuit, sur la peau, une bande de tissu de laine, una faja, autour de ma dangereuse ceinture. Le temps, en passant, n'éteignit pas mes craintes. A la maison, Lolita restait auprès du four. Or, un doux matin ensoleillé, comme je traversais la Grand' Place, non loin de la Cathédrale, je m'approchai, sans y penser, du marché que les Indiens installent sous les roues des carretas gigantesques. Et voilà qu'un des monstres qui étaient venus chez moi en ambassade quand on voulut embrasser mon nombril, me reconnaît. Il me signale à ses compagnons avec des cris de joie. La nouvelle court par le marché, entre les vendeurs de poissons et de cuirs, et tout ce monde tombe à genoux, le front dans la boue. J'étais au désespoir et simulais la distraction. Mon angoisse s'accrut lorsque je vis s'avancer au centre de la place, avec son escorte. Monseigneur l'Alguacil Mayor de Buenos-Ayres. Il me fit appliquer vingt coups, là, devant mes sujets stupéfaits, sans même se donner la peine de me conduire au Cabildo.
Vous devinerez, maître, dans quel état d'esprit je suis revenu chez moi. Au patio, Lolita m'attendait. Elle me fit une révérence profonde. A son côté se tenait une énorme femme, une Indienne, probablement de la tribu des Patagons, enveloppée dans une immense couverture rouge. Dès qu'elle m'aperçut, cette grande diablesse se mit à me haranguer en sa langue barbare, en signalant alternativement le ciel et mon ventre fatidique. Je n'y comprenais rien et d'ailleurs je me moquais de ce qu'elle pouvait me dire. Je devins furieux, ce qui multiplia mes forces, et je les chassai sur-le-champ, elle et ma femme, à grands coups de pied dans le derrière.
Voilà Monsieur Candide, comment j'ai perdu à jammais ma femme, ma patience et mon trône. Qu'en pensera Monsieur de Voltaire? Parfois, pendant les nuits trop chaudes, je me roule sur ma couche déserte, rêvant à la paix merveilleuse de notre petit jardin de Constantinople. J'y retournerai dès que j'aurai réuni assez d'argent pour payer mon voyage. Entre temps, je fais des tortitas et garde mes sous.
Votre très humble, très obéissant et très fidèle serviteur CACAMBO.  

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