Sobre el Hombre Topo

SOBRE EL HOMBRE TOPO:

Somos un grupo de producción literario e intelectual definido por su obsesión por la crítica cultural, la escritura, el cine, la filosofía y la traducción. Esperamos difundir ideas, textos, traducciones, fragmentos inteligentes de una luz no tan lejana.
Escriben en esta revista: Franco Bordino, Matías Rano, Gustavo Roumec, Tiépolo Fierro Leyton, Juan M. Dardón, Tomás Manuel Fábrega y Xabier Usabiaga.

martes, 15 de abril de 2014

Vacaciones


Vacaciones


Me enamoré de una casita. Tres escaloncitos hacia abajo, una puerta, el rumor del mar, una columna. Colgando, jaulita para un canario.
Pregunté a la señora de la casa pegada cuánto podía valer el alquiler de la casita. “Le dejo mi teléfono, señora”, me dirijo a ella con todo respeto, “puede llamarme para avisarme o mandarme una esquelita…”, pero no tengo lapicera, no tengo nada en los bolsillos.
Del camping, el micro salía a la una, yo nada. “Señora, ¿no quiere acercarse a la puerta?”, me mira desde la ventana. “¿No sabe de algún trabajo que pueda haber?”, tenía que hablar fuerte, bandera negra, el mar rugía. La señora estaba sola, era evidente. Alguna que otra ola pegaba contra el paredón del costado de su casa, que era la primera de las tres casitas.
Un trabajo había, un puesto en una casa de materiales para la construcción. “¡Mundo Caño!”. “¿Y cuánto saldrá un alquiler por acá, señora?” No llego a escuchar bien la respuesta, pero creo que dijo cuatro mil. El sueño se me hizo pedazos, esquirlas, etc. Bueno, adiós.
Di vueltas sin apresurarme a volver al camping. El micro ya habría partido. Hasta había dejado pasar el tiempo de espera. Aunque el tiempo se pasa lento cuando la ansiedad, no sé qué es ansiedad, digámosle dureza de estómago, pero milagro, eran las tres de la tarde cuando llegue a las inmediaciones del camping. El tiempo no había pasado lento, al contrario.
“Nos quedamos”, dijo una voz atrás de mí, era Joaquín, se había quedado solo en el camping. En ese momento no sabía si iba a entrar a trabajar en Mundo Caño, pagar un alquiler y quedarme a vivir o si simplemente extendería las vacaciones.
Joaquín me tomó de la mano. Sin soltarnos salimos a caminar. Sin un centavo, pero sin miedo. “Una vez leí que el miedo es la peor forma de vivir”, dijo Joaquín, pero cuando lo dijo yo ya no tenía miedo. Miedo de lo que podría llegar a pasar a la noche quiero decir: de no tener donde dormir, o de tener hambre y sed.
Por el hambre no había que preocuparse, entramos en Toledo, de la góndola de snack agarramos un paquete de Tuistos, comimos paseando por la zona de los electrodomésticos, hasta pudimos ver tele mientras comíamos. Pensé, y borré enseguida un pensamiento: el agua.
Vi a una empleada comunicándose por handi, ¿informaría sobre los tuistos? No, dijo Joaquín, no se van a preocupar por un paquete de tuistos.
Lo único que podía ver era la puerta de salida, la puerta de dos hojas que se abría y se cerraba, la familia que salía con todo pago. “Dios, déjanos salir”, la puerta tardó unos segundos en abrirse, otra empleada con handi nos sonrió. Salimos. Felices a la playa de estacionamiento. Sin saber que nuestros perseguidores se estaban acumulando detrás.
Con Joaquín tuvimos algo raro, novios callados y sin sexo, creo que le molestaban los trámites y las obligaciones: besarse, hacer el amor en la playa. Aunque a mí me hubiese gustado. Pero me tomó la mano y se quedó conmigo, y de alguna manera me cuidó. Paseó conmigo por el supermercado, vimos electrodomésticos juntos. Por eso nunca me voy a olvidar de él.
Buscamos carteles que pidieran meseras o lavaplatos, pero parecía que en temporada baja los dueños se encargaban de todo.
A la noche Joaquín me dio una bolsita con dos empandas, eran de ciruela, panceta y queso. Me agarré las carnes con ambas manos para mostrarle que yo estaba bien y que era él quien necesitaba comer.
“¿De dónde las sacaste?”
“Mientras vos buscabas trabajo.”
“Pero eso es robar.”
“Las pedí.”
Habíamos robado, habíamos mendigado. Poco, muy poco, pero lo habíamos hecho. Cuando se hizo de noche fuimos al camping, esperábamos que las carpas todavía estuvieran armadas. Nada. Ni un baño químico. Para colmo empezó a llover. Fuertísimo.
Anduvimos hasta que encontramos un toldito. Nos refugiamos, hasta nos dormimos un poquito. Nos despertó un portero con un amistoso toque de zapato. Nos dedicó una sonrisa, “¿ustedes encojen o destiñen?”, preguntó. Joaquín se río de compromiso, y el portero dijo: “esperen a que escampe un poco, chicos.”
Yo miré a Joaquín y tuve deseos de arrancarle ese feo mechón amarillo patito que le tapaba el ojo. Por eso no nos daban trabajo y nos echaban de todos lados. “¿Qué ganas con volverte despreciable?” le dije, pero él no dijo nada. Estaba más preocupado por buscar un refugio. Fue ahí cuando me acordé de la casita de la que hablé al principio.
Joaquín sabía cómo abrir una puerta. No era malo, pero era conflictivo y en muchas ocasiones había tenido que barretear la puerta de su propia casa. Los ruidos de la lluvia y el mar tapaban el ruido de la barreteada, pero a lo mejor en algún momento el ruido que hicimos fue demasiado.
Era una casa vacía y no había nada que poner contra la puerta. Adentro no se escuchaba tanto la lluvia, al menos no nos aturdía. Decidimos turnarnos para dormir y vigilar. Había una ventana por la que podríamos escapar si llegaba alguien. No teníamos intenciones de tomar la casa. Pero tonta de mí, gordita tonta tonta tonta. Me quedé dormida y cuando desperté, a Joaquín lo habían puesto de pie, y ya le habían atado los brazos a la espalda. En calzoncillo, era iluminado por la luz de una linterna. Nos sacaron de ahí. Pensé que íbamos a ver a las chicas del handi, a la viejita de al lado y al portero. Pero nada. Dos hombres y una camioneta roja. Patente KBL 717. A Joaquín lo subieron en la caja. Quedó arrodillado, la lluvia le daba de lleno.
A mí me subieron con ellos. Manejaban tranquilos, charlando de sus asuntos. Me acordé cuando de chica vine con papá, y pasamos de noche con el auto, por el bosque, vimos un grupo de chicos iluminados con linternas. Papá siguió sin decir nada.
Me ofrecieron fumar, dije que no. Pararon frente a la escollera. Dejaron los faroles encendidos, esperaron a que escampara y bajaron. Vi como llevaban a Joaquín, sus rodillas no tocaban el suelo. Tuve la esperanza de que todo fuera un susto, para que nos fuéramos al otro día.
Arrodillaron a Joaquín sobre una tarima de madera, lo rociaron con bencina y le tiraron un fosforo. Atado de pies y manos Joaquín trataba de llegar al mar. A Ellos no les preocupó si lo conseguía o no, volvieron a la camioneta.
Marcha atrás. Nos alejamos por un camino de tierra. En ese camino vi a otros dos, comían un sándwich apoyados contra el capó de un Renault rojo, hicieron un saludo con la linterna.
Antes de llegar a destino, quise bajar a tomar aire y me dejaron. Volví a subir. Llegamos a un lugar en medio del campo, abrieron unas compuertas en el suelo, al principio me resistí porque pensé que estaría lleno de ratas y arañas, o que me enterrarían viva en un lugar muy estrecho. Pero nadie hace eso.
En el lugar hay una mesita, una lámpara, un catre, una canilla y una cocinita. Nadie anda por acá, excepto el cuidador, que una vez por semana me arroja unas bolsas de alimento. Solo le escuché la voz, una vez, “¿Un cuaderno y una lapicera?”
No me trajo un cuaderno, pero si una lapicera. Papel había de sobra, el envoltorio de los alimentos.
No me siento bien, tampoco mal, podría decir que estoy equilibrada, y que cada tanto me llegan el ruido y el olor del mar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada