Sobre el Hombre Topo

SOBRE EL HOMBRE TOPO:

Somos un grupo de producción literario e intelectual definido por su obsesión por la crítica cultural, la escritura, el cine, la filosofía y la traducción. Esperamos difundir ideas, textos, traducciones, fragmentos inteligentes de una luz no tan lejana.
Escriben en esta revista: Franco Bordino, Matías Rano, Gustavo Roumec, Tiépolo Fierro Leyton, Juan M. Dardón, Tomás Manuel Fábrega y Xabier Usabiaga.

domingo, 27 de octubre de 2013

Hechos aislados



Hechos aislados

Se dice que en la costa caribe colombiana existe un pájaro al que se conoce con el nombre de “carrao”. Aunque esta ave habita en casi toda Latinoamérica, el carrao de la costa norte colombiana es especial. Los mayores y los lugareños hablan de que en épocas de sequía, cuando no encuentra alimento, el carrao posa su cuello en las horquetas de las ramas de cualquier árbol, el que más cerca esté. Y así deja caer su cuerpo hacia el vacío, ahorcándose en teoría. Ese verano parecía jamás terminarse y se preludiaba un suicidio colectivo de pájaros en la finca de Soledad Enríquez, allá en la costa lejana pero lejos del mar, entre los límites del desierto y la sabana.

A mil seiscientos kilómetros de allí, Juan Antonio Jiménez, mientras caminaba por la calle al albor de la madrugada, se detiene a pensar en lo que había hecho la noche anterior cuando llegó del trabajo y entró a su apartamento situado en las afueras de la ciudad. A su alrededor (había caminado por horas) vagaban ahora sirenas de autoridad sin rumbo. Miraba que al revólver sólo le quedaba una bala de las seis que por lo general suele tener siempre. Esa noche de ayer había errado un tiro que destrozó un jarrón con la efigie de un emperador nipón o chino, pero era seguro de que había vengado la traición de su mujer con su hermano. Así como Juan Antonio se había detenido a pensar, los carraos de la finca de Soledad Enríquez hacían los preparativos para el suicidio colectivo de la madrugada puesto que la sequía había llegado a un punto crítico, ellos no encontrarían alimento entre los árboles secos y marchitos.

El sol ya había comenzado a mostrarse y como hecho aislado, Soledad Enríquez se levantó de la cama para dirigirse al patio de la casa y regar como de costumbre los orines de su bacinica en la tierra seca. Cuando alzó la vista inconscientemente hacia el árbol de mango (sin ningún fruto y casi muerto) que tenía en frente y que se postraba en el centro del patio, vio a unos pájaros hambrientos que parecían conversar entre ellos, pero que de repente posaron su mirada en ella. Seguramente se sintió confundida, llena de curiosidad y estupefacta. Los carraos le clavaban la mirada y la mujer simplemente sostenía una bacinica vacía al tiempo que observaba la escena. Mientras tanto a Juan Antonio Jiménez le quedaba como remedio también hacer ejercicio de observación, pero con un poste de luz al que le faltaba poco para apagarse puesto que el día ya salía de entre las montañas. El hombre entonces suspiró un alea jacta est cuando era seguro que la policía lo estaba buscando por toda la ciudad, todo esto hizo antes de dirigirse al caño conocido como “Arzobispo” y hacer el papel de Marco Antonio y no Julio César.

Cuentan entonces que esa madrugada de mediados de noviembre un estruendo enorme se escuchó en el territorio de los carraos de la costa caribe colombiana. Las lluvias torrenciales habían iniciado y ellos, los pájaros no tendrían ya la necesidad de ahorcarse en los árboles. Cuentan que para celebrar el fin de la sequía estos se abalanzaron sobre una atónita Soledad Enríquez y la desaparecieron entre sus picos. Las aves surcarían felices el cielo entre la tormenta y a mil seiscientos kilómetros y 75 metros de allí, Juan Antonio Jiménez, empleado público del estado y posible candidato a la presidencia, descendería con un pedazo de plomo en el cráneo por las aguas putrefactas del caño Arzobispo.

Durante años los científicos ignoraron esta historia, y creyeron que lo especial de los carraos de la costa caribe colombiana residía en su determinación de suicidarse cuando todo está perdido. Sin embargo hace poco tiempo un ornitólogo holandés visitaría estas tierras costeras pero alejadas del mar para estudiar estas aves singulares. En su peregrinaje un sabio de la región le contaría que los carraos son los encargados de llevarse a las personas de este mundo hacia la eternidad. Así el ornitólogo conocería de la verdadera singularidad de estas aves, de cómo se llevaron de la tierra a Soledad Enríquez, de cómo esa madrugada terminaría la peor sequía de la región en toda su historia, de cómo el disparo que Juan Antonio Jiménez profesaría en su cabeza se transformaría en trueno a mil seiscientos kilómetros de distancia. El científico holandés regresaría a su país, pero jamás entendería por qué el sabio tenía conocimiento de esas cosas.

Ese ornitólogo es pues quien escribe estas líneas y trata de dilucidar ese porqué, que es en realidad el verdadero tema de esta historia. Quizás el sabio era viento y podía ir de un sitio a otro rápidamente, quizás el sabio era uno de los carraos de esa finca, quizás a ese sabio le contaron esa historia sus abuelos a quienes sus abuelos les contaron lo mismo y así sucesivamente hasta el fin del presente mismo, pero con diferentes variantes: Soledad Enríquez como una esclava negra o Juan Antonio Jiménez como un cacique caribe.

Quizás sencillamente me haya topado con un loco en ese viaje en principio científico, quizás la misma historia que estoy narrando jamás sucedió y sea la invención de este anciano que consideré sabio como un hecho aislado en esta historia de aparentes y ambiguos hechos aislados.


TIÉPOLO FIERRO LEYTON

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