Sobre el Hombre Topo

SOBRE EL HOMBRE TOPO:

Somos un grupo de producción literario e intelectual definido por su obsesión por la crítica cultural, la escritura, el cine, la filosofía y la traducción. Esperamos difundir ideas, textos, traducciones, fragmentos inteligentes de una luz no tan lejana.
Escriben en esta revista: Franco Bordino, Matías Rano, Gustavo Roumec, Tiépolo Fierro Leyton, Juan M. Dardón, Tomás Manuel Fábrega y Xabier Usabiaga.

jueves, 27 de diciembre de 2012

El mundo es de ellos



A veces Elena se ponía agresiva. Se acercaba (intimidante) con el puño cerrado a su victima, que siempre era su hijo. Una vez Gonzalo había leído que a ¿Roberto Arlt? el padre lo amenazaba a diario con una paliza que nunca llegaba. Algo así le pasaba a él con su madre. Maricotas, le decía la mujer. Así que una noche de febrero Gonzalo abrió el costurero, sacó mil cuatrocientos y se fue de viaje.
Un micro de larga distancia lo dejó en Bahía Blanca después de diez horas de viaje. En el trayecto Gonzalo se acordó de su mamá contando los ahorros y lloró.
Se involucró con Mora de la misma forma en que el protagonista de "los soñadores" se había involucrado con la francesa, que estaba falsamente encadenada a las puertas de un cine.
Mora le dijo que una amiga daba función de títeres en una casona, y fueron. Pero la función se había suspendido; la titiritera no estaba en condiciones de brindarla. Mora quitó las llaves del mameluco de su amiga y mostró el manojo a Gonzalo. La titiritera siguió durmiendo en un colchón del teatro. Mora y Gonzalo se fueron al departamento de la titiritera.
- Es la primera vez que me saco el preservativo.-confesó Gonzalo y ella sonrió. Tenía ojos verdes y grandes, volvieron a hacer el amor.
Por la mañana, la frazada cayó de la ventana y el sol entró a raudales. No había relojes, pero parecía mediodía.
El muchacho se puso los pantalones, no había nadie en el departamento de la titiritera. Gonzalo salió a la calle, y desde ahí escuchó las voces en la terraza. Era mora. Gonzalo subió.
- La terraza es un derecho- decía mora. Gonzalo sintió ganas de juntar su equipaje, ir a la terminal y volver a su Rodríguez para devolver el dinero a su madre.
-Para nadar mejor tenes que ponerte esto- le dijo un tipo pelado y tatuado a un gordo que intentaba nadar en una pelopincho. Se refería a un tutú rosa. El pelado le lanzó la prenda y el gordo se desnudo para ponérsela, aunque los esfuerzos fueron infructuosos.
- El sol de esta hora es mortal- dijo un flaco de pelo largo desde la reposera.
- Él es martillero.- dijo Mora señalando al de la reposera.
- ah.- dijo Gonzalo.
- si querés ponete en calsón y tirate al agua.
- no, así estoy bien.- dijo Gonzalo, pero se lo veía transpirar.

A la noche hicieron un corto sobre zombis. A los que estaban en la terraza se les sumó una chica gorda apodada la cholga.
- doy dos caladas- dijo la cholga- y les escribo un libreto apocalíptico.
Le dieron la cámara a Gonzalo. El martillero era el protagonista y tenía como objetivo llegar al final. Tenía que huir de mora, que era su ex novia, ahora zombi. Pero el martillero dijo que en un caso así él no huiría de la zombi, sino que tendría sexo con ella. Hizo la mímica del sexo con Mora. Deliberaron si el virus zombi podía contagiarse por sexo. Gonzalo sabía que le daban indicaciones pero no podía escucharlas, pensaba en su madre.

Se fueron a la casa del pelado tatuado. Se pusieron a ver películas en el plasma. El sillón era para cuatro pero lo ocupaban siete. Gonzalo tenía calor y estaba incomodo reteniendo un gas. Le convidaron cocaína.
Son así porque pueden serlo, pensaba ¿u oía una voz?, porque el lunes o al final de las vacaciones tienen un lugar seguro en alguna oficina, en la oficina de los papás.
Gonzalo y Elena lo único que tienen son esos 1.500.
Entonces se acordó de cuando su mamá le había dicho a la pintora del caminito de la boca que ella también pintaba. Pero la pintora había respondido con un gesto de desprecio. ¿Pero a que venía pensar en esas cosas? ¿Porque la pintora pedante?
El teléfono interrumpió sus pensamientos. El pelado se levantó y atendió.
-Hola. Sí. ¿Usted es su esposa? Sí, claro, me imagino.... pero, óigame, Antonia... ¿no se llama Antonia? que importa, da igual. Bueno, óigame. ¡acojonese! lo que ahora necesita usted es cojones. Imagino como debe echarlo de menos. Cojones, ¿vale?
Colgó. Acto seguido: se desplomó en el sillón.
- ¿Quienes era?- preguntó el martillero.
- Una colombiana.
- ¿Y porque carajo le hablaste en gallego?- preguntó cholga.
- Le tienen secuestrado al hermano- dijo el pelado- el cartel, no sé.
- ¿Y vos que tenés que ver?
- Lo tengo de contacto. Pero uno de esos que tengo por tener. Y la hermana está llamando a todos los contactos.
- que presupuesto- dijo el gordo.
Gonzalo pidió permiso para ir al baño. Lo miraron.
Gonzalo dialogó con la imagen del espejo; ¿te acordás de mamá, vestidita impecable para ir al recital de Paul? ¿Y te acordás de esos que la salpicaron? ella se avergonzó, les dijo que estaba bien, que no importaba, y ellos la ignoraron, no le pidieron disculpas. Ellos eran como los que están acá en el sillón, vestidos así nomás, despreocupados. Total, el mundo es de ellos.
Algo latía en Gonzalo. Recordó la foto que la tía le había sacado a Elena. En la foto Elena estaba lista para salir al estadio River, lista para ver a Paúl, y estaba colorada.
Y esa pintora, dijo la imagen del espejo, ¿te acordás de la pintora pedante?
Mamá no sabe donde estoy.
Así era la pintora, como estos pedantes del sillón que se llevan el mundo por delante.
Gonzalo se aferró a la pileta para no llorar. Fue entonces cuando vio una bolsa colgada. La bolsa estaba llena de púas y había una jeringa. A lo mejor fue un error sacarse el preservativo.

Al rato daban vueltas en un Torino. La ciudad estaba desierta. Estacionaron frente a un monte descampado.
La muchacha gorda y el pelado se alejaron hasta donde los pastizales los cubrían. El martillero le dio la cámara a Gonzalo y se metió entre los pastizales. En el horizonte se veía claridad, pero todavía faltaban algunos minutos para el amanecer. Mora subía el monte. Por el monte pasaba la vía. Entonces Gonzalo vio la maquina avecinándose, mora seguía subiendo de espaldas a la vía, invitaba a Gonzalo a subir con ella. La maquina avecinándose; en la lente de la cámara mora dando pasos hacia la vía. Gonzalo pensaba en la madre... se había puesto colorada cuando un grupo de muchachos como estos la habían salpicado en la fila del recital. Tipos que se llevaban el mundo puesto. Un solo paso más de mora y...
- ¡cuidado!- gritó Gonzalo.
La muchacha se detuvo y piso fuerte, el viento le arremolinó el pelo.
- wow.- ella nunca había tenido una experiencia así.
Él apoyó la cámara en un poste y saludó a mora. En ningún momento se dio vuelta. Sintió el saludo de mora. Eso era todo.


AUTOR: Matías Rano

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